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La
capital peruana es un hervidero de gente, el país goza
de confianza en los mercados internacionales y, al tiempo,
los peruanos ya están vacunados de las llamadas de sirena
del populismo y el autoritarismo. El desempleo está por
debajo del 10 por ciento y el Gobierno asegura que ha
reducido la pobreza de manera sustancial, aunque las cifras,
aún elevadas, superan el 30 por ciento
Desde hace unos años la imagen de Perú ha cambiado notablemente.
De ser el país de la violencia y del terrorismo senderista,
que fuera el azote del país durante décadas, ha pasado
a ser una de las naciones más florecientes y prosperas
de América Latina. Ya se habla del “milagro peruano” y
de cómo este Estado, que estuvo a punto de ser fallido,
ha logrado conciliar crecimiento económico con desarrollo
social. También en lo político, tras superar la ola populista
y autoritaria en la que se vieron inmersos la mayor parte
de los países de la región, parece superada. Incluso la
victoria de la izquierda moderada en Lima, de la mano
de una variopinta coalición que aupó a Susana Villarán,
anuncia nuevos tiempos en la política peruana y el asentamiento
de la normalidad tras décadas de inestabilidad.
Perú ha dejado de ser noticia, atrás quedaron los años
de los coches bomba en el centro de Lima, de las matanzas
de Sendero Luminoso y la dictadura de Fujimori. Los peruanos
ya están vacunados e inmunes a las llamadas de sirena
del populismo y el autoritarismo; esos tiempos, afortunadamente
para todos, ya pasaron y ahora el país se encamina hacia
la plena modernización y la transformación económica.
Ricardo Angoso
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